La Bondad Jamás Se Desperdicia

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Ben Cooper quiere compartir lo que guarda en su corazón. Tiene que hacerlo. Desde que contó por primera vez lo que vio en el campo de concentración alemán que su división de infantería liberó en 1945, relata la anécdota tan a menudo como puede.

“Creo que fuimos una de las primeras unidades de infantería allí,” recuerda Cooper. “En primer lugar, el hedor a carne quemada invadía toda la zona.”

Cooper quedó tan traumatizado y afligido por lo que presenció que le tomó 45 años hablar sobre ello. Sin embargo, cuando lo hizo, descubrió que compartir su experiencia era parte del proceso para sanar sus heridas y una revelación para quienes lo escuchaban. “Contar mi experiencia sigue siendo mi misión. Es crucial para preservar la historia,” comenta Cooper.

Contarla honra la memoria de los que fueron asesinados antes de que pudieran contar sus propias historias y corrobora las terribles experiencias que vivieron los sobrevivientes. Además, llevó a un encuentro con una pareja cuyo hijo con el tiempo jugaría un papel sumamente importante en la vida de Cooper.

Proteger un campamento

Cooper cursaba el primer año en la George Washington University cuando estalló la Segunda Guerra Mundial el 7 de diciembre de 1941. Fue reclutado en septiembre de 1942. Cooper cuenta que estaba ansioso por ser llamado a la milicia y servir a su país.

Fue asignado a la 45.a División de Infantería de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, también llamada “División Thunderbird” (pájaro de trueno), donde le asignaron el puesto de socorrista militar.

La división enfrentaba combates en Francia, Italia y Alemania. A finales de abril de 1945, cuando la guerra estaba a punto de finalizar, Cooper se enteró de que su división había recibido órdenes de proteger un campamento.

“No sabíamos nada acerca del campamento. Solo nos ordenaron no dejar salir ni entrar a nadie”, dice Cooper.

El campamento, ubicado en el sur de Alemania, se llamaba Dachau. Este abarcaba un área de tres millas cuadradas y estaba rodeado con una cerca de alambres de púa. Aproximadamente 200,000 personas sufrieron y perecieron en el campamento entre 1933 y 1945.

“El General Eisenhower ordenó que tantas tropas como fueran posible volvieran a los campos de concentración para que fueran testigos”, comenta Cooper. Lo que presenció fue verdaderamente abominable.

“Al acercarnos más, vimos el aire impregnado de carne quemada”, dice Cooper. “Pensamos: ‘¿Qué demonios está pasando aquí?’”.

Cuando Cooper entró al campamento vio un letrero sobre la entrada: Arbeit Macht Frei. “El trabajo te libera”. Adentro había decenas de miles de prisioneros, incluyendo judíos y muchas otras nacionalidades.

“Nos permitían ir hasta un campo grande y abierto, pero teníamos prohibido ir a otros lugares del campamento debido a la prevalencia de tifus y disentería. Los sobrevivientes que podían caminar pudieron venir y conocernos”, añade Cooper. Recuerda a cientos de sobrevivientes que vinieron a él y a sus compañeros soldados.

“No podía distinguir entre los hombres y las mujeres. Era imposible. Si pesaban 60 o 70 libras, pesaban demasiado. Verlos fue traumático tanto para mí como para mis compañeros. Se acercaron a nosotros; nos abrazaron. Nos dieron los nombres de personas que conocían en los Estados Unidos o en otra parte. Estaban tan felices de vernos. Fue increíble. Pero estábamos verdaderamente traumatizados”.

El 29 de abril de 1945, soldados americanos liberaron aproximadamente 30,000 personas que habían estado concentradas en Dachau. Días después, la división de Cooper participó en la ocupación de Múnich, Alemania.

El 8 de mayo de 1945, tras finalizar la guerra europea, la división de Cooper fue enviada a Francia; allí esperaba para embarcar hacia el frente del Océano Pacífico para pelear contra los japoneses. El 15 de agosto de 1945, terminó la guerra en el Pacífico, antes de que fueran enviados. Posteriormente, fue dado de baja del ejército y regresó a su hogar y a su esposa, con quien se había casado unos meses antes de su despliegue.

Vidas entrelazadas

Durante años, Cooper no le contó a su esposa ni a sus hijos lo que presenció en Dachau. No le dijo nada a nadie. No fue capaz.

“Lo llevaba oculto aquí”, comenta Cooper. “Y me perturbaba. El recuerdo me oprimía siempre. Y no podía hablar con nadie sobre ello. No había nadie con quién hablar. Por eso me lo callé durante 45 años. “Pero ahora sí. Ahora quiero que la gente sepa que ocurrió”.

En 1990, le contó su historia por primera vez a un grupo de estudiantes. Desde entonces la ha contado un sinfín de veces: en escuelas secundarias superiores, universidades, grupos cívicos y a historiadores del Proyecto de la Historia de los Veteranos de Guerra.

En 1996, Cooper asistió a una ceremonia conmemorativa del Holocausto en el Capitolio del Estado de Connecticut. Se vistió con un par de pantalones kakis y con su chaqueta Eisenhower, la cual fue diseñada por el General Eisenhower y obsequiada a muchos soldados cuando finalizó la guerra. También usó una corbata de bolo con la insignia de su división: un pájaro de trueno amarillo sobre un fondo rojo.

Un hombre llamado Eliezer “Leo” Scheinerman se acercó a Cooper durante el evento.

“Recuerdo esto”, dijo Scheinerman, señalando la corbata con el pájaro de trueno de Cooper.

“¿Por qué?” Preguntó Cooper. “¿Estuviste en Dachau?”.

“Estuve allá con mi esposa”, respondió el hombre.

Leo y su esposa Anna estaban entre los que fueron liberados del campamento de Dachau. Cincuenta años más tarde, reconocieron la insignia que usaron los soldados que ayudaron a liberarlos.

Cooper y su esposa se hicieron buenos amigos de los Scheinerman. Se contaron sus vidas después de la guerra y compartieron anécdotas sobre sus hijos.

Después de ser liberados, los Scheinerman vivieron en Italia cuatro años. Su primer hijo nació allí. Emigraron a los Estados Unidos en 1949 y se establecieron en Connecticut donde tuvieron dos hijos más. Leo y Anna costearon los estudios universitarios de sus tres hijos, y el más joven, Jacob, estudió medicina.

Anécdota de Mended Hearts

En el 2006, Cooper se enteró que necesitaba una cirugía de corazón abierto. Solicitó que Jacob Scheinerman, que en ese momento era un prominente cirujano cardíaco en Connecticut, hiciera la cirugía.

“¿No es algo asombroso?”, dice Cooper.

“Para ilustrar, Hitler estaba asesinando a millones de personas. Y esta pareja sobreviviente de Dachau tuvo un hijo que me salvó la vida”.

La cirugía que corrigió su condición cardíaca —y el cirujano que la llevó a cabo— han sido parte de la historia de Cooper durante 11 años y aún continúa. “Lo que se siembra se cosecha”, comenta.

“Estaba predestinado que, primero, [Cooper] viera a mis padres después de transcurrir casi 50 años y que juntos pudieran compartir esa experiencia”, expresa Jacob Scheinerman, M.D. “Y que después necesitara una cirugía de corazón abierto y que me buscara a mí”.

Una de las primeras personas que escuchó el capítulo más reciente en la historia de Cooper fue el voluntario de Mended Hearts que lo visitó después de someterse a la cirugía. Su nombre es Rocky Goodwin. Goodwin, por supuesto, narra la historia por todas partes.

El legado de los Scheinermans

Leo y Anna Scheinerman se esforzaron mucho para no hablar sobre Dachau frente a sus hijos. Aun así, ellos sabían.

“Cuando trataban de ocultarnos cosas, hablaban en yidis”, comenta el Dr. Scheinerman. “Y poco a poco aprendí a comprender con fluidez el idioma.

Después de su liberación, Anna y Leo Scheinerman gozaron de una larga vida en los Estados Unidos.

Tras volver a su hogar después de la guerra, Ben Cooper y su esposa tuvieron cuatro hijos.

Cuando Leo y Anna Scheinerman vieron a un hombre con esta insignia “Thunderbird” en un evento conmemorativo de la Segunda Guerra Mundial, la reconocieron. Es la insignia de la 45.a División de Infantería del Ejército de los EE. UU.

Aunque no podía hablarlo podía entender todo lo que estaban diciendo; de esa manera fue que me enteré verdaderamente de todas las atrocidades que vivieron”.

Se enteró que su papá perdió ocho hermanos y hermanas en el Holocausto, y que su mamá perdió a sus padres.

“Fui el único niño que creció sin sus abuelos”, dice el Dr. Scheinerman.

El período festivo judío conocido como los Días Temibles o Yamim Noraim también les dejó entrever al Dr. Scheinerman y a sus hermanos el dolor que sentían Leo y Anna. Puesto que Leo y Anna ignoraban la fecha en que sus padres habían perecido, un rabí les aconsejó celebrar el aniversario de sus muertes durante Yom Kippur. “Podía observar que era un período difícil para ellos cada año, y eso no lo olvidaré”, comenta.

El Dr. Scheinerman no habla a menudo sobre lo que les sucedió a sus padres en Dachau porque sabe cuánto se esforzaron por protegerlos a él y a sus hermanos de ello. No ve películas ni documentales sobre el Holocausto. Es demasiado doloroso imaginarse lo que hicieron sufrir a sus padres.

Prefiere pensar en los aspectos positivos.

“Trabajaron noche y día para sustentar la familia”, dice el Dr. Scheinerman.

“Mi padre era un hombre de constitución pequeña. Posiblemente medía cinco pies y siete pulgadas de estatura, pesaba 135 libras, e hizo de todo desde descargar camiones hasta barrer pisos. Y aunque con el tiempo ahorraron suficiente dinero para tener su propio negocio, él trabajaba casi los siete días de la semana para mantener a su familia. Nos costearon la universidad a todos, y en mi caso, mis estudios de medicina”.

Los tres hijos de Leo y Anna les dieron seis nietos. “Y antes de que mi mamá falleciera llegó a ser bisabuela”, comenta el Dr. Scheinerman.

El Dr. Scheinerman reconoce que la historia de sus padres —y la de Ben Cooper— debe darse a conocer. “Es que no quedan muchas personas vivas que puedan hablar sobre sus vivencias de lo que ocurrió”, dice.

Quizás la paz reinará

“Me da igual cuál sea tu religión, tu origen o tu cultura”, expresa Cooper. “Sabemos que pertenecemos a la misma raza: la raza humana”.

Ante las guerras que se libran por causa de las ideologías religiosas y el odio que se manifiestan entre sí los partidos políticos, Cooper alberga la esperanza de que algunas personas, principalmente la nueva generación, tomen en serio su mensaje.

Cuando habla con los estudiantes les dice: “Si quieren sentirse bien y hacer que alguien se sienta aún mejor piensen en esto: Jamás ningún acto de bondad, por pequeño que sea, se desperdicia. Piensen en eso; traten de hacerlo cada día.

“Aunque sea abrirle y sujetarle la puerta a alguien o ayudar a alguien a cruzar la calle, y si ven a una persona en peligro, siempre que no se pongan a ustedes mismos en peligro, intenten ayudarla. Hagan algo para ayudarles.

Quizás con el paso del tiempo esto servirá para fomentar la paz, y retornar la paz en el mundo y el respeto mutuo”.

 

 

Attendees at last weekend's Rocky Mountain Regional Connections meeting in Scottsdale, AZ had the opportunity to network as well as learn what's new in cardiac care and treatment! ... See MoreSee Less

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